Juguetes nocturnos I

El amor es un arte antiguo, imposible, feroz.
NEGRONI 

La ausencia comienza cuando el otro entra en el plano de lo conjetural. (“¿Qué estará
haciendo?/¿En qué estará pensando?”, pero también: “Si estuviera a mi lado…”)
Apenas el otro se aleja pronunciando palabras que no alcanzamos a entender, ingresa en
ese terreno incierto, territorio de nostalgia, en el que nos vemos obligados a crear un
mundo para eludir lo atroz del vacío. Ponemos ora un gesto, ora una palabra en ese
hueco donde hay más bien nada. Nos engañamos, pues el gesto que presumimos del
otro es un gesto irreal, irrealizado, algo que verosímilmente haría, pero que
efectivamente no hace. Y ese gesto es fundamental porque el amor se debate en la ló
gica de la nadería, en una semiótica que disecciona el lenguaje de lo mínimo, la
inescudriñable gramática que rige lo nimio.

Anuncios

Rescoldos 

Es duro volver a casa y encontrar los restos de tu presencia en ella, como si fueran los rescoldos de una felicidad de la que sólo conservamos, bajo la forma de la memoria, una tierna tibieza. Hablan, en torno a mí, los muchos objetos inanimados que pueblan en vano la soledad de la casa, y el gato parece ir tras tu sombra, deteniéndose agazapado en un rincón, como si intuyera esa inminencia tuya, esa facilidad tuya para brotar del fondo de todas las cosas, y a ambos nos parece que ese chirrido en la madera, en la nocturnidad del cuarto, en la vastedad de la noche, es el de tus pasos acercándose con cautela, y yo anticipo el roce de tú boca en mi mejilla, y el de una de tus manos corriendo por mi pelo.Pero no ocurre. El milagro no se obra. No puedo más que evocarte en estas palabras, con el otoño creciendo meticulosamente dentro de cada hoja de cada árbol; y el gato, rendido, sabedor de la futilidad de la espera, se duerme en mi regazo.

Combinaciones

(Madrugada del sábado)

Hace años que estoy en el mismo comedor, al lado de la misma estufa, tomando el mismo café, leyendo la misma página.

Todo lo que leo está hecho de combinaciones, varias veces repetidas, de las mismas veintisiete letras y algunos signos. Nada distingue un grano de café de otro. Afuera una calle saturada de noche negrísima y helada, la luna que no entra por ninguna ventana, la luz de la lámpara que no sabe de horas y estaciones. El calor, siempre artificial e insuficiente para mis cada vez más ateridos, cada vez menos humanos dedos; mis patas de animal herido, perdido, errante, muriente.

Me aqueja un problema lógico, a saber: la abolición del principio de identidad y la proliferación de sus ruinas. Yo, que muchas veces no me encuentro cuando me paro frente al espejo, soy el miasma que efluye, cada partícula igual a las otras y a sí misma, de este marjal invariable, petrificado para siempre como una mueca en una fotografía (y siempre, por eso, tan absurda como aciaga).

Escapar de la angustiosa repetición de lo igual, sin perder la continuidad. Mudar, pieza por pieza, sin desmembrarme, sin disgregarme nunca y para siempre.

Narciso disociado

Frente al espejo me disocio a menudo: alguien se afeita, alguien se peina, alguien se acomoda el cuello de la camisa. Luego salgo (salimos los dos) siendo uno.

Breve ensoñación al cabo de la cual me despierto aseado y ya no duplicadamente solo.

Esta ignominia de la multiplicación me hiere. Me hiere saber que no podré bucear hacia mi reflejo como lo hizo Narciso hacia el suyo en el estanque.

¿O es que acaso su reflejo quiso besarlo y ambos se abismaron en ese otro amor que es la muerte?

Parece que

Parece que las hojas escriben sobre el cielo. Parece que quieren hablar, salir de su mutismo, escapar de su silencio. Parece que nos dicen algo. El misterio está escrito en un lenguaje incomprensible. No lo vimos. Siempre estuvo ahí el sentido.

Y quiero escribirlo/la porque no está y es necesario que exista. Su ausencia me lacera.

Medrar ante la carencia como si fuera el signo inequívoco de la muerte venidera, inminente, asfixiante.

Medrar y fracasar ante la irrecreable complejidad del mundo.

Mariposas/palabras

Algunas reflexiones me salen al paso y me rondan durante algún tiempo. Con sus manitas me acicatean, me revuelven el pelo como una tía, me tiran de la camisa y la dejan afuera del pantalón, se me pegan al zapato o me lo desacordonan para que me tropiece, y, así, desaliñado, forzosamente despojado de mi prolijidad de colegial, estoy de súbito desconcertado.

Estoy desconcertado porque no sé en dónde clavarlas a las muy furtivas, porque una reflexión se le presenta al escritor como la mariposa al entomólogo: viene volando, agitas sus alas entre las plantas o los muebles, se posa cerca de uno y bate las alas para seguir llamando la atención. Con maestría y con paciencia hay que tomarla de las alitas; hay veces en que se dejan tomar. Minuciosamente hay que fijarla al bastidor para que no pierda su melifluo y leve encanto, para que la fragilidad de su gracia no sucumba ante nuestra brutalidad.

Y entonces sí: la mariposa/palabra detiene su vuelo en pos de otras bellezas.

Los vanos quehaceres

Mala cosa fomentar la afición a la lectura entre los niños. Cuando los jóvenes lectores sean mayores estarán indefensos ante la vida, que es ágrafa, analfabeta y audiovisual

Onetti

Todavía siento la calidez en los hombros. Todavía la hojarasca cruje a la sombra de este árbol. Todavía veo pasar el barco que perturba la argentada masa de agua, arcilla y sol. Todavía mi guitarra desafina en la quinta cuerda y trafica un sonido de Oriente. Todavía leo unas palabras cuyo olvido meticulosamente preparo.

Todavía alguien me espera, muriendo.

La memoria es querer que todavía sea, que el instante nos meza en su inalterada repetición. El recuerdo es un poema sin coda.

Cuánto podría haber aprendido de no haberme distraído en vanos quehaceres.

Cuánto más atesoraría que estos descarnados retazos que de a poco debo dejar ir.

Ya no siento la calidez en mis hombros.

Ya no cruje la hojarasca.

Ya no veo pasar el barco.

Ya mi guitarra no desafina.

Ya no leo.

Ya nadie me espera.