Combinaciones

(Madrugada del sábado)

Hace años que estoy en el mismo comedor, al lado de la misma estufa, tomando el mismo café, leyendo la misma página.

Todo lo que leo está hecho de combinaciones, varias veces repetidas, de las mismas veintisiete letras y algunos signos. Nada distingue un grano de café de otro. Afuera una calle saturada de noche negrísima y helada, la luna que no entra por ninguna ventana, la luz de la lámpara que no sabe de horas y estaciones. El calor, siempre artificial e insuficiente para mis cada vez más ateridos, cada vez menos humanos dedos; mis patas de animal herido, perdido, errante, muriente.

Me aqueja un problema lógico, a saber: la abolición del principio de identidad y la proliferación de sus ruinas. Yo, que muchas veces no me encuentro cuando me paro frente al espejo, soy el miasma que efluye, cada partícula igual a las otras y a sí misma, de este marjal invariable, petrificado para siempre como una mueca en una fotografía (y siempre, por eso, tan absurda como aciaga).

Escapar de la angustiosa repetición de lo igual, sin perder la continuidad. Mudar, pieza por pieza, sin desmembrarme, sin disgregarme nunca y para siempre.

Narciso disociado

Frente al espejo me disocio a menudo: alguien se afeita, alguien se peina, alguien se acomoda el cuello de la camisa. Luego salgo (salimos los dos) siendo uno.

Breve ensoñación al cabo de la cual me despierto aseado y ya no duplicadamente solo.

Esta ignominia de la multiplicación me hiere. Me hiere saber que no podré bucear hacia mi reflejo como lo hizo Narciso hacia el suyo en el estanque.

¿O es que acaso su reflejo quiso besarlo y ambos se abismaron en ese otro amor que es la muerte?

Parece que

Parece que las hojas escriben sobre el cielo. Parece que quieren hablar, salir de su mutismo, escapar de su silencio. Parece que nos dicen algo. El misterio está escrito en un lenguaje incomprensible. No lo vimos. Siempre estuvo ahí el sentido.

Y quiero escribirlo/la porque no está y es necesario que exista. Su ausencia me lacera.

Medrar ante la carencia como si fuera el signo inequívoco de la muerte venidera, inminente, asfixiante.

Medrar y fracasar ante la irrecreable complejidad del mundo.

Mariposas/palabras

Algunas reflexiones me salen al paso y me rondan durante algún tiempo. Con sus manitas me acicatean, me revuelven el pelo como una tía, me tiran de la camisa y la dejan afuera del pantalón, se me pegan al zapato o me lo desacordonan para que me tropiece, y, así, desaliñado, forzosamente despojado de mi prolijidad de colegial, estoy de súbito desconcertado.

Estoy desconcertado porque no sé en dónde clavarlas a las muy furtivas, porque una reflexión se le presenta al escritor como la mariposa al entomólogo: viene volando, agitas sus alas entre las plantas o los muebles, se posa cerca de uno y bate las alas para seguir llamando la atención. Con maestría y con paciencia hay que tomarla de las alitas; hay veces en que se dejan tomar. Minuciosamente hay que fijarla al bastidor para que no pierda su melifluo y leve encanto, para que la fragilidad de su gracia no sucumba ante nuestra brutalidad.

Y entonces sí: la mariposa/palabra detiene su vuelo en pos de otras bellezas.

Los vanos quehaceres

Mala cosa fomentar la afición a la lectura entre los niños. Cuando los jóvenes lectores sean mayores estarán indefensos ante la vida, que es ágrafa, analfabeta y audiovisual

Onetti

Todavía siento la calidez en los hombros. Todavía la hojarasca cruje a la sombra de este árbol. Todavía veo pasar el barco que perturba la argentada masa de agua, arcilla y sol. Todavía mi guitarra desafina en la quinta cuerda y trafica un sonido de Oriente. Todavía leo unas palabras cuyo olvido meticulosamente preparo.

Todavía alguien me espera, muriendo.

La memoria es querer que todavía sea, que el instante nos meza en su inalterada repetición. El recuerdo es un poema sin coda.

Cuánto podría haber aprendido de no haberme distraído en vanos quehaceres.

Cuánto más atesoraría que estos descarnados retazos que de a poco debo dejar ir.

Ya no siento la calidez en mis hombros.

Ya no cruje la hojarasca.

Ya no veo pasar el barco.

Ya mi guitarra no desafina.

Ya no leo.

Ya nadie me espera.

Sueño marino

Cuando se miraron por primera vez, ya sabían lo que iba a ocurrir algunas horas más tarde. No hubo palabra que no quedara pautada de antemano  en sus pupilas marrones y dilatadas. En sus mejillas sonrosadas estaba predicho cada gesto tembloroso de sus manos que en poco tiempo se confundirían, y su cabello ondulado, acompañado por las variaciones livianas del aire, parecía anticipar en su espalda el correteo frenético de sus labios tras la postrera gota de sudor que se desprendería de su nuca.

Caminaron. Sus mundos eran extraños y remotos. Sus pies, que los alejaban más y más de todo ruido mundanal, se hundían en la arena. Escucharon a lo lejos el rompiente y  supieron que el sendero largo e incierto no haría más que demorar lo inevitable, ese azar inescudriñable al que eran empujados con una fuerza a la que no se oponían, que los cargaba melifluamente como las olas a la espuma, y que al final solo estaba la certera piedra del adiós.

Una anticipación salada les trajo el mar que luego los abrazaría.

Escribo

No hay salvación. Ni en la escritura ni en ningún otro acto humano.

Y sin embargo, con la certeza de su inutilidad…

Escribo. Escribo la imposibilidad de escribir. Escribo la imposibilidad de ser.

¿Soy? este racimo de impotencias, de irrealidades, de irrealizaciones, de irracionalidades.

¿Soy? lo que se niega.

¿Soy? esta vacuidad informe, increada, inquietante.

¿Soy? la nota de paso, el leve suspiro, la cabeza embotada, la gota que pende, la llama que vacila, el ave que cierne, la angustia que ciñe.

Mis manos se tienden anhelantes en la acuciante noche, esa fugaz sombra, buscando las tuyas que no me buscan. No encuentro el alivio de tus ojos cuando me despierto inquieto y no te siento latir entre mis brazos que no contienen la trémula ensoñación de tu cuerpo cada vez más de ensueño.

Estas palabras no te merecen.